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Las Termas de Constantino, otro ejemplo que nos confirma que la visita de un día a Arlés, supone conocer uno de los recintos arqueológicos más importantes de todo el mundo.
Conocido es el gusto por el dolce far niente de los italianos. Una expresión que podría traducirse por algo así como “el gusto por no hacer nada y relajarse”. Pues parece que ya en la época de la Antigua Roma este placer estaba más que extendido y habría tenido en las termas, uno de los puntos de máxima expresión.
En el siglo IV todas las grandes ciudades disponían de sus Termas, como ya pudimos comprobar al visitar Trier, de manera que se considera que existían unas 170 termas a lo largo de todo el Imperio Romano. De ellas, los baños de Diocleciano en Roma, con 15 hectáreas de superficie eran los mayores.
La ciudad de Arlés fue creciendo y embelleciéndose con el paso de los años, de manera que en tiempos de Constantino el Grande se convierte en una de sus favoritas.
En este momento el Emperador pasa a residir en ella largos periodos, motivo por el cuál se construyen las Termas de Constantino, que llevan el nombre del famoso Emperador.
Las Termas de Constantino tenían una superficie de 3750 metros cuadrados de los que se han podido conservar unos 1100 metros cuadrados. La entrada, al igual que en el anfiteatro o en el teatro era libre para todos los públicos (o muy baratas), y en líneas generales, hombres y mujeres debían acudir a los baños en días o momentos distintos.
En las Termas de Constantino podemos ver lo que queda de las distintas partes de las que consistían unas termas romanas. Además, podemos observar perfectamente la estructura del hipocausto, el sistema de calefacción subterráneo encargado de proporcionar calor a las distintas estancias.
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